crónicas de duelo #3 – tu casa en mi memoria

hoy, como otros días también, como casi todos los días, la verdad, pienso en los no-haberes.

los no-haberes que vendrán. los que ya comenzaron.

el camino que no puedo sacar de mi cabeza es ese, desde arriba hacia abajo, doblando entre los cerritos. una mini-carretera oscura después de un día de compartir, guiada por las luces naranjas. quizás me llevaste a la fuerza, quizás no me quería ir y me engatusaste con una película (Las Locuras del Emperador, muy probablemente).

ya se ven las casas con sus formas familiares y nos dicen que estamos llegando, a través de esos pasajitos amistosos que con el tiempo dejarán de serlo. progresiva pero inevitablemente. los sectores que mis pies no volverán a ver.

veo el liceo al que pude haber ido, y ahí sigue la panadería donde a veces íbamos, o a veces me mandabas.

(¿¿¡¡panadería por qué!!?? ¡¡ya basta!!

no bastó).

los minimarkets vecinos que me conocían. te conocían. nos conocían. somos una dupla no-more. una dupla trizada.

¿temporalmente? ojalá.

¿nos recordarán? quiero creer que sí, que éramos singulares.

una dupla simpática. “la conozco desde que estaba en la guatita de su mamá” mentira, pero es un decir, se entiende, quiere hacer énfasis en que me ha visto crecer. “pero se parece más al papá” eso sí era verdad. eso sí que era verdad. todavía, a pesar de.

y en lo que más quiero evitar pensar, es en el espacio que me aterra recorrer, pero que tengo que inevitablemente hacerlo.

hay algunas pocas noches en las que me siento valiente, y es ahí cuando me encontrarás visitando escenarios desde mi memoria, con los ojos cerrados.

la colección de edificios igualitos, formando un laberinto. los patios, los jardines con banquitos que cada cierto tiempo van cambiando, los vecinos, los perritos. tu ambiente.

el H, los 4 pisos de escaleras, el eco. el olor a encierro tan particular. los “pasajes secretos” que me emocionaban cuando era chica, en mis sueños algo de eso todavía queda. la subida a veces lenta. muchas veces cargada con embelecos para comer. y a través de los años, con cada vez menos aliento.

tu rutina.

(pesadilla).

el timbre chillón y tu casa, tu casa siempre cálida. con un plato caliente esperando siempre, con alguna obsesión vigente (pan, queque, colegiales, aceites), con dulces escondidos (no, no paró). tu casa con música cubana, por algún motivo y con tus canturreos desafinados.

llena de fósiles de mi niñez, nuestra niñez. de fósiles tuyos propios, de las capas que fuiste abandonando. un lugar lleno de ti. tu guarida.

aún estando a 18.000 kilómetros, acercándome a pasitos lentos a mi sueño, hoy, como siempre, mi mente se acerca a ti (¿se ha alejado alguna vez?).

y supongo que pensar en tu casa es otra forma de acercarme a tu persona y a todos nuestros momentos. aferrarme a tu existencia.

repetir en mi mente tu casa es una forma de evitar olvidar lo cotidiano que ahora es recuerdo, con todos esos momentos simples llenos de comodidad. evitar que la calidez se me escape de los dedos.

(se me escapa de los dedos pero nunca del alma).

repetir en mi mente tu casa es una tortura necesaria. tu ausencia me desgarra, me acuchilla desde adentro. pero saber que existió, y que de alguna forma todavía está, me da el combustible que uso para seguir. seguir siempre peleando.

me agarro con uñas quebradizas a este concepto, pero me aferro igual.

no lo suelto jamás. estás.

y en mi mente, incluso a 18.000 kilómetros, puedo sonreír tranquila, con la seguridad de que si cierro los ojos y echo a andar la maquinita de la memoria, puedo seguir yendo a tu casa. tu casa, contigo, esa que inmortalicé en el tiempo.

y sé que siempre que te necesite, ahí te encuentro. ahí nos vemos.

hasta que nos veamos de nuevo de verdad.



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